La Diosa observaba a su adorable creación, un hombre apuesto que poseía un tatuaje tribal con forma de sol sobre su ojo derecho, también tenía varios tatuajes más de ese estilo en su brazo izquierdo.
La miraba a los ojos con cierta curiosidad, como un niño frente a su hermosa madre, queriendo ser protegido entre sus brazos a pesar de que acababan de conocerse.
Aquella Diosa, acarició su corto cabello castaño, lo llevaba casi rapado, lo que le daba un aspecto rebelde, más aún teniendo esos tatuajes por su cuerpo.
Aunque, la mirada de ese hombre, expresaba mucha inocencia, deseando saber más, ansiaba que su Diosa le enseñara cuál era su propósito en la vida, siempre, estando a su lado, desde la primera conexión de miradas, ya sabía en lo más profundo de sí, que ella sería lo más importante para él.
—Mi Carl, ahora serás mi acompañante, ya no estaré sola nunca más.
Pudo escuchar al fin su voz, era tan cálida, con un color aniñado pero no tan aguda, más bien en un tono medio, aunque no dirías que era la voz de una mujer adulta, podría hacerse pasar por una adolescente, a pesar de que, físicamente, se veía como una jovencita de 19 años, con una piel más pálida que la de él, y un cabello negro como la oscuridad que jamás habría en su corazón, y sus ojos, de un bello color amatista.
Él era mucho más alto que ella, a pesar de que esa Diosa tenía una estatura media, más tirando a alta, en realidad, se veía bastante delicada a su lado.
Carl tenía musculatura, su cuerpo era estético, como un ángel precioso creado con la mejor genética, no era para nada un cuerpo de aspecto robusto ni vulgar, su altura y su anatomía eran divinas.
Y, con el paso de los días, fue que al fin descubrió el mundo de su Diosa Ainge.
La Diosa del amor, que en su soledad, antes de que la creación diera sus frutos, quería sentirse acompañada, ser como una madre para alguien, una madre, que fuera recordada, saber que tu adorable pequeño, siempre tendrá tus brazos protectores para recogerlo, aunque Carl, más bien, era el que parecía estar siempre protegiendo a su madre.
Ella se sentía tan delicada y frágil a su lado, con un cuerpo delgado, pechos medianos que apenas se notaban por las prendas que utilizaba algo más holgadas, muslos y caderas amplios, pero sus piernas acababan por afinarse según llegaban hasta los pies, esa figura, tenía las curvas perfectas y Carl, a veces no podía evitar sonrojarse cuando su madre usaba algún vestido más revelador.
Ansiar poseerla de una manera tierna y sofocante, al punto de que ella acabara con toda su piel húmeda, sentir el aroma de su piel transpirada, sostenerla sin ningún esfuerzo debido a su bajo peso, sintiéndose un mal e indecente hijo, un sucio hombre que a cada rato, anhelaba acariciar sus manos, escuchar su voz decir su nombre, esa voz como una brisa cálida y suave, cuando el clima es templado, pero necesitas algo más de temperatura.
Su boca a menudo fantaseaba con unirse con la suya, nunca había experimentado algo así, tampoco habían tenido ese tipo de conversación, aunque ella fuera la Diosa del amor, quizás guardaba ciertos pudores con él al ser su hijo, o quizás pensaba que Carl no era el indicado para ello, y, esos pensamientos, le carcomían cada día, y cada noche en su cama, soñaba despierto que Ainge estaba pegada a su fuerte pecho, tumbada entre sus brazos, deslizando sus manos por esa piel, como si con cada tacto, le estuviera hablando de la lujuria que le dominaba por el amor que sentía.
Nunca había hecho el amor, no sabía nada de nada, simplemente, su Diosa le había enseñado cosas básicas de la vida.
Y, esa tarde, solo en su habitación, recordando los momentos en los que ella había reposado sentada sobre sus muslos, tan inocentemente, desconociendo la perversión que su creación tenía en la mente, se bajó al fin esos pantalones vaqueros que tanto le gustaba usar.
Ese calor placentero y esa curiosidad, a veces se había rozado y sabía que era algo bueno.
Y que cuando Ainge estaba en sus pensamientos, era todavía más maravilloso sentir eso tan alborotado.
Ni siquiera tenía idea de lo que un hombre tendría que hacer con la mujer que amaba cuando ese calor y, esa presión en los pantalones fueran tan intensos.
Simplemente trasteó como un inocente inexperto, que estaba descubriendo su cuerpo y, que tanto le gustaba aquello.
¿Por qué su Diosa no le había contado sobre este placer tan maravilloso?
Quizás porque estaba perdiendo la cordura y hasta su boca dejaba escapar jadeos sin entender a qué se debía tanto descontrol.
A lo mejor todo eso estaba mal, pero, Ainge, le había enseñado, que las cosas bonitas de la vida se deben disfrutar, que él no nació para sufrir, que sentirse feliz no era pecado, realmente debía disfrutar de todo lo que hacía vibrar a su corazón sin miedo, y, en estos momentos, tanto placer, era algo que le producía esa felicidad, pero, llegar a más, tomar a su Diosa, quizás no debía hacer algo así.
Pero, si tener a su Diosa era lo que le producía la verdadera y más pura felicidad, entonces, ¿por qué no debía hacerlo?
Por eso, a menudo, cuando ella no estaba en esa casita en las estrellas, con su mano saciaba todos los deseos pecaminosos que reprimía.
Como un ignorante, imaginando escenas que no sabía bien cómo continuar ya que, no sabía esas cosas, pero, pensando y más pensando, en su fantasía libidinosa, llegó a esa conclusión.
—Si yo tengo esto, mi Diosa entonces, debe tener otra cosa.
Y se preguntaba qué podría ser ya que, nunca la había visto desnuda, siempre llevaba vestidos bonitos, la mayoría blancos, aunque, en lo que sí se había fijado, es que jamás había visto ningún bulto entre sus piernas, de las veces que su vestido era más ajustado, se daba cuenta, de que su cuerpo era muy diferente al suyo.
—¿Por qué a mí sí se me nota lo que yo tengo y a mi Diosa no?
Me gustaría aprender más, quiero saber.
Se preguntaba tan perdido en sus pensamientos, recordando la forma de su bello cuerpo, con sus curvas, él no tenía pechos y tampoco tenía las caderas anchas.
Sabía que él era un hombre y que ella era una mujer, por lo tanto, no eran iguales en muchos aspectos, su voz era grave y más gruesa, tenía mucha más fuerza, era más alto, con manos bastante más grandes.
—Mi Diosa por favor, quiero entender qué debería pasar entre un hombre y una mujer, ¿por qué mi cuerpo me pide tanto unirse con el tuyo?
¿Cómo debo hacerlo?
Y fue ese el momento, en el que llegó el día de ser descubierto, por andar tan perdido en su mente, por estar tan ido y ansioso por ella.
La sorpresa de esa Diosa al ver a su pequeño haciendo aquello, a pesar de ser algo completamente normal.
Habiéndole visto con ojos de ternura todo ese tiempo, tan adorable que era para ella, ahora, estaba descubriendo que esa necesidad había despertado en él.
Y aún siendo su madre, también podía amarle como una mujer, le había dado la vida con sus poderes después de todo, había creado su alma ella misma, pero no lo había tenido en su vientre.
Aún con su personalidad pura y dulce, no quería que su hijo siguiera ocultando todo aquello en soledad y, esa noche, decidió que era el momento para tener esa conversación que Carl había esperado en silencio tantas veces, casi en desesperación y al mismo tiempo, pensando que no debía hacer esa pregunta.
Allí, sentados en la cama de aquel hombre angelical, su Diosa posó su pequeña mano en el muslo de este, haciendo que su corazón entrara en revolución y su mente se descolocara.
—Mi Carl, no te sientas mal por lo que vi esta tarde.
Y le mostró una amable sonrisa.
—¿Quieres saber alguna cosa? Pregúntame lo que sea, no te preocupes.
Carl, quería parecer calmado ante ella, pero era un hombre muy pasional y no podría ocultarlo, por eso, acabó tomando esa manita con las suyas tan cálidas.
—Mi Diosa, bueno, yo… descubrí que ahí siento algo muy bueno, algo de lo que nunca me has hablado, pero, no sé con qué propósito me pongo así, por qué esto se siente con vida.
—Carl, cuando lo haces, ¿piensas en mí?
Preguntó al fin lo que Carl tanto temía revelar.
—Ainge, yo… solo, no puedo evitarlo, ni siquiera sé, por qué pienso en unirme a ti, no sé cómo hacerlo.
Soy un tonto mi Diosa.
Y su expresión se llenó de tristeza y ternura, por lo que su Diosa, notando también un ligero rubor en sus mejillas, volvió a sonreír llevando ahora esa manita a su rostro.
—No eres un tonto mi Carl, tonta yo por no explicarte más cosas, es solo, que no imaginé que esto acabaría naciendo tan pronto.
Y con cariño, acarició la suave piel que su pequeño tenía en su carita, haciendo que pudiera calmarse, aunque su corazón ahora era el que se había alterado a niveles peligrosos, más viendo la bella boca de su madre que tanto ansiaba besar ahora que la tenía tan cerca.
—Carl, quiero enseñarte a unirte conmigo.
—¿Eso es posible?
—Claro juju.
Y tras alejarse un poco de él, levantando sus brazos, los llevó tras su cuello, desatando el lazo que sostenía su vestido, tomándolo después para sacarlo de su cuerpo y mostrarle esa belleza que casi, en un suspiro, hizo que el corazón de Carl diera un vuelco, sin entender aún el porqué el cuerpo de la mujer que amaba desnudo, podría provocarle tantos delirios, y ganas de sostener ahora su pequeña cintura y atraerla más él, aunque, pudo percatarse, que en la zona del pubis, ahí no había para nada algo como lo que él tenía y, sentándose en la cama, apoyada en la cabecera, abrió sus finas piernas dejando que ese ángel pudiera aclarar todas sus dudas de una vez, y, al mismo tiempo, haciendo que casi le diera un paro.
Esa cosita que ella guardaba allí, para él y, para sus ojos, se le hizo tan apetecible.
—Carl, déjame mostrarte el lugar en donde podrás unirte a mí.
Y con sus alargados y lindos dedos, separó esos bonitos labios vaginales para que su Carl pudiera terminar de ver todo.
En esos momentos, la lujuria ya le había dominado completamente, le daba igual si eso no era lo correcto, su alma apasionada muerta por el amor que sentía, le había provocado ese impulso lascivo, llevando sus dedos a ese lugar, acariciando su bella vagina, que por el tamaño de sus labios algo más gruesos, le parecía algo completamente jugoso.
—Mi Diosa, ¿tú también sientes placer en este lugar?
—Carl, mucho, me gusta mucho sentir que lo acaricias.
Aunque más que caricias, presionaba su clítoris provocando unas bonitas expresiones placenteras en ese bello rostro, llevando al fin sus labios a los suyos, comprobando que ella los aceptaba, sin saber cómo era un beso en ese lugar, y con su mano jugando con lo que su Diosa había guardado para él, devoraba su boca una vez tras otra.
Sintiendo una fuerte presión en sus pantalones, dejando de lado lo que estaba haciendo para terminar sin ellos, acabando desnudo ya que nunca usaba camiseta, inocentemente, haciendo que su Ainge admirara el buen tamaño que poseía.
—¿Qué puedo hacer con ello?
¿Cómo me uno a ti?
Preguntaba casi al punto de jadear como una bestia que acabaría por comerse a esa Diosa.
—Carl, mi Carl, primero, ¿recuerdas esa rajita que tengo entre mis piernas?
Y con cierta ignorancia pero poco a poco deduciendo todo, primero, llevó su dedo allí, y comprobó, que dentro se sentía muy húmedo y cálido.
—Mi Diosa, pero este lugar, es muy pequeño, podría lastimarte.
—No mi Carl, no me lastimarás, solo sé cuidadoso, aunque desees unirte a mí más que nada en estos momentos, debes hacerlo poquito a poco, así no me dañarás.
¿Quieres que empiece yo?
—Sí por favor.
Y le hizo de sentarse en el borde de la cama, colocándose sobre él que aún estaba dudando de lo que sucedería, pero, al momento de sentir como Ainge introducía todo en su interior, gimiendo un poco de lo mucho que le había gustado, demostrándole que ella también ansiaba todo de él, casi enloquece por completo, más al momento de verla subir y bajar disfrutando como jamás imaginó que ella podría volverse.
Sosteniéndose en sus hombros, instintivamente, tomó su trasero para ayudarla con los movimientos.
Era tanta la sorpresa al ver a su Diosa derretirse de tal manera mientras que su cuerpo recibía todo de ese ángel, su bello rostro mostrando nuevas expresiones para él, el sonido de su voz tan diferente ahora que mostraba pequeños y dulces gemidos.
Y cuando ella lo liberó, Carl quería explicaciones, quería seguir sintiendo esa maravilla, seguir y llegar hasta el final, saber cómo era ese momento para su Ainge, si también saldría algún tipo de fluido de su interior.
—Carl, ahora, te toca a ti darme placer.
Dijo al fin tumbada en esa cama, con sus piernas bien abiertas, dejándole ver toda su vagina empapada, con sus labios separados dejando ver esa rajita un poco dilatada de haber recibido todo lo que su Carl tenía.
Curioso, comprobó que de ella salían también fluidos, de un tono medio transparente y blanquecinos, y, a pesar de querer seguir dentro de ella, tuvo que llevar su boca a ese lugar para probar el sabor de su Ainge.
Su aroma, desde la mañana que se había dado su baño de costumbre, y habiendo sido usada por él, ahora olía muy bien, un aroma que nunca habría imaginado que le gustara, además de un extraño y adictivo sabor tan diferente al de los dulces frutos que a menudo comían.
Su Ainge gemía diciendo su nombre repetidas veces, hasta que Carl acabó trastornado de tanto deseo, con su miembro palpitando, tomándolo con su mano tras echarle una mirada de chico malo, habiéndose deleitado lo suficiente con su sabor.
Ahora, se introdujo en ella, sabiendo lo que debía hacer, como un chico inexperto, inundado por su corazón apasionado y por todo el amor que sentía, su Diosa ya estaba demasiado cachonda y él sacó esa bestia que llevaba dentro, embistiendo a Ainge ágilmente, provocándole desgarradores gemidos que le imploraban darle más y más.
—Aingeee, Aiingeee.
Decía ahora su nombre descargando todo su ser en ella.
Su vagina más encharcada que antes, se escuchaba ser penetrada salvajemente, salpicando sus muslos de todos los fluidos ahora más líquidos, que escapaban de ella.
Que su Diosa pudiera gritar de aquella manera tan sucia, hasta enseñándole nuevas palabras que desde ahora, guardarían para esos momentos.
Ahora sabía, que a ella le gustaba su polla en su interior, y que a su vagina, podía llamarla chochito.
Y cuando al fin la hizo temblar, desgarrando toda su espalda, olvidándose que él era su adorable hijo, poco después, inundó todo su cuerpo de su esencia, fue tanto, tanto lo que salió de él, que rebosó todo cayendo por todas las sábanas.
Carl, ahora, se había quedado completamente agotado, pero ver a su Diosa, ahí, tirada sobre la cama, completamente envuelta en sudor, con su cabello pegado su piel, fue una experiencia maravillosa, tan bella.
De haberse comportado como una bestia hambrienta por ella, ahora debía protegerla entre sus brazos y reposar juntos por largos minutos, sintiendo todo el amor de sus almas.
Desde ese día, Ainge tuvo que explicarle tantas cosas, hasta tuvo que tratar de domarle en la cama, porque su Carl, perdía completamente el control, después de todo, todavía era su pequeño adorable.